Costumbres ancestrales

Hay tradiciones que pusieron el punto final al verano y que me mantienen con la boca abierta: desconozco el motivo de agarrarse del cuello de un ganso en las fiestas de Lekeitio o la de tirarse tomates como si se tratase de una batalla nabal (recordando aquel juego de palabras de los dictados infantiles). También que cientos de personas se echen a la calle para lancear un toro hasta la muerte o que se paguen ocho mil euros por un trozo de queso.

Está documentado el Día de Gansos desde hace más de tres siglos, una jornada reservada para marineros, y que en caso de empate se organizaba una regata para saber el ganador. Pero no el motivo por el que se celebrase. Sobre la tomatina de Buñol, unos hablan de que fue la reacción de un grupo de jóvenes ante los cánticos de uno del pueblo, otros del exceso de producción que hizo que se buscase una alternativa lúdica; también que sirvió para recrear una pelea entre quienes querían participar en el desfile de los Gigantes y Cabezudos contra quienes no les dejaban. Fue a mediados del siglo pasado por lo que casi tendría más sentido que se buscase emular festejos como el del Cipotegato, que se celebra en Tarazona también a finales de agosto.

Defensores y detractores del Toro de la Vega se pegaban o insultaban en Tordesillas porque se había sustituido por el Toro de la Peña, encierro en el que el animal no acababa lanceado por cientos de personas en la ribera del Duero, sino simplemente perseguido —sin percatarse de que en cualquier caso, el toro acabaría en el matadero, ya que el reglamento taurino de Castilla y León dice que al animal se le debe dar muerte al finalizar el festejo o el ciclo de festejos de la localidad—. Imagino que ninguno de los que braceaban en favor y en contra de la fiesta conocerían su origen medieval, o al menos las referencias históricas a su celebración. Unos considerarían que la fiesta debía tener lugar porque siempre se había hecho así; otros, que se atentaba contra los sentimientos del toro, poco menos que un acto de terrorismo animal —cuestión sobre la que tendríamos que preguntarnos: ¿a qué se debe la actual defensa a ultranza de los derechos de los animales? ¿Nos provoca más lástima que peguen a un perro o que lo hagan con una persona?—.

En la subasta de Ordizia se pagaron este año nada menos que 8.000 euros por la mitad de un queso, realizado por un pastor de la localidad guipuzcoana en una txabola de Aralar. Los compradores fueron el grupo de carnicerías Okeletxe, y aunque pagaron una cantidad astronómica queda lejos del récord alcanzado por la empresa Ampo, que con motivo de su 50 aniversario en 2014 pagó por medio queso 13.050 euros. ¿Qué harían con él? ¿Lo guardarían en una nevera? ¿Paladearían cada pedazo como si fuese oro? ¿Lo comerían con vino tinto? ¿Se lo darían a probar a sus inversores mientras alguno exclamaba, pero si es queso ahumado? ¿Y qué se hace con la otra mitad? O por qué ahora se puede pujar en Internet por las mitades del segundo y tercer mejor queso y sólo pagan por ellas 485 y 109 euros respectivamente ¿Es tanta la diferencia de sabor o es que una vez se abandona el marco de la feria uno ya no tiene ganas de rascarse el bolsillo? Sé que todo es publicidad, que se trata de una manera de impulsar el mercado y el municipio, aunque no sabía que fuese Juana “la Loca” la que concedió que se celebrara “un mercado franco semanal todos los miércoles del año”, tras el incendio que destruyó Ordizia en 1512. Paradojas que tiene la Historia.

En fin, costumbres ancestrales de las que desconocemos casi todo, ni sus orígenes, ni su razón de ser, sólo que se celebran y que todos acudimos porque es así, porque lo ha sido siempre. ¿Quién se va a atrever a cambiar una tradición?