Para chulo mi pirulo (el gesto de Luis Bárcenas)

Viendo el rostro de Luis Bárcenas no sólo en la comisión de investigación del Congreso sobre la financiación ilegal del PP sino cuando se pasea por la calle delante de las cámaras, uno sólo puede pensar en un chulo. Un proxeneta al servicio del mejor postor que te consigue la prostituta que desees mientras estés dispuesto a desembolsar una pasta. Con su pelito engominado y peinado hacia atrás, sus trajes caros, la piel bronceada y la sonrisa satisfecha de triunfador. De ahí que se jacte de que ganaba 20.000 ó 200.000 al mes (la diferencia se me escapa, cualquiera de las dos me parecen maleantes pero sobre todo obscenas) porque él lo valía, porque era muy bueno en su trabajo. No por lo que sabía sobre el Partido sino por su «profesionalidad». Lo entrecomillo porque fue lo que dijo. Porque siempre fue una persona cuya profesionalidad se suponía; de no ser así no habría llegado a ser tesorero del PP. O al revés, que también tengo dudas al respecto.

Imagino el escozor que tuvo que provocar a la multitud de buenos profesionales en este país que no ven esas cifras ni en sus sueños más húmedos. No sé si a alguno le entró las mismas ganas que a mí de imitar a Joe Pesci en Uno de los nuestros o de empujarlo al fondo de una cloaca y tirar la llave. Porque de eso se trata, de las cloacas del poder, de la ciénaga política a la que nos hemos acostumbrado. Y no me refiero a que Bárcenas dirija esa mirada altanera y cínica a los diputados —los representantes del pueblo, no nos olvidemos, que a veces se nos olvida a nosotros y no digamos a ellos—, o a que adelante que no va a responder a las preguntas de la comisión —está en su derecho—. Y además, para qué hacerlo. Donde tendría que responder es en los juzgados, pero también aquí dará la callada por respuesta. Por el bien de su defensa y bla bla bla.

Lo que verdaderamente me disgusta es su gesto chulesco, propio de quienes se saben por encima del bien y del mal, conscientes de que estarán cinco años en el trullo y saldrán de rositas con el dinero en Suiza, Panamá o en la isla de Man. Esa sensación de que le damos rango de normalidad a cuestiones que no lo son, quizás porque en el fondo pensamos que podríamos ser uno de ellos. Que de haber estado en los mismos círculos que Bárcenas tendríamos también ese rostro caoba, ese pelo plateado, esa mirada orgullosa de quien vuelve de esquiar de Baqueira y aun así le dice al juez que no tiene dinero suficiente para vivir.