Las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo

Le he preguntado a Montero si ha leído la nueva noticia sobre el Vaticano, y él me ha mirado con gesto de suficiencia. «Espero que no te refieras a la nueva encíclica del Papa o a la continuación de Ángeles y demonios», ha dicho. Luego, al ver en mi rostro una mueca de decepción, ha asentido con la cabeza. «Lo de las cenizas, sí. Y en vísperas de Todos los Santos. No saben ya qué inventarse.»

Luego ha mirado al cielo, como si estuviese esperando alguna revelación divina.

«Pero ya sabes quién ha prohibido la práctica de tirar las cenizas al mar o guardarlas en casa, ¿no? Nada menos que la Congregación para la Doctrina de la Fe. Una especie de Santa Inquisición pero en moderno. Y en tibio, claro. Ahora dicen que hay que dejar que reposen en lugar sagrado, en un columbario, la palabra de moda, como si fuese un invento de hoy y no algo que viene de los antiguos romanos. O como si un muerto hecho cenizas no estuvise ya bastante reposadito. He oído que la Iglesia va a ampezar a abrir columbarios a 1.200 euros el metro cuadrado por un plazo renovable de diez años, en plan boom inmobiliario. Porque se trata de eso, amigo. La religión es un negocio para los más devotos. Un negocio en vida para los muertos. Aunque en una cosa sí que estoy de acuerdo: como sigamos esparciendo nuestras cenizas por el aire vamos a acabar esnifando a los muertos. Y eso sí que me parecería extraño. Entiendo que se prohiba tirar las cenizas en cualquier lado, pero no la Iglesia sino los Gobiernos. Sería como tirar la basura, cada bolsa a su contenedor. Los envases al amarillo, lo orgánico al verde, el papel al azul y el vidrio al verde botella. Y las cenizas, al cenicero», ha dicho encendiendo un cigarrillo y dejándose envolver por una profunda calada.