Cantando a las máquinas

Hace años que Montero no compra música, o al menos no lo hace en los establecimientos habituales. Le gustaba acudir a las tiendas de discos en busca de ofertas. Mirar las novedades. Hasta que comprendió que sus gustos tenían poco que ver con las radiofórmulas, la voces de OT o los grandes clones de la música americana. El resto sólo lo encontraba en Spotify, o mediante alguna clase de pirateo. Pronto se aficionó a los portales de venta directa, «que te traen lo que les pides en menos de una semana». Hace unos meses encargó un elepé de una cantante de soul. «Crema, amigo, de esas voces que te susurran al oído y caes a sus pies». Pero el pedido no llegaba. Finalmente le enviaron un mensaje de correo para confirmarle que llegaría esa tarde. Así que esperó. Hasta que cansado, telefoneó al servicio de mensajería donde una máquina con voz femenina muy cordial le preguntó qué deseaba.

«Si quiere hacer una reclamación pulse 2».

Así lo hizo.

«Cuál es el objeto de su reclamación».

Confirmó que estaba a la espera de un envío y no le había llegado en la fecha convenida.

«Díganos el número de pedido».

En su móvil buscó el número que le habían asignado. Pero como tardaba la voz insistió:

«Díganos el número de pedido»

Que sí, que sí, pensó Montero, para finalmente enumerar:

«2016171088480126509836».

Y la máquina apuntó:

«31657324534234234987».

No, se dijo mi amigo, y volvió a decir en voz alta, pegando la boca al teléfono móvil:

«2016171088480126509836».

La voz mecánica, con esa candidez de ciertos sistemas operativos susurró:

«No le he entendido. ¿Podría volver a repetirlo?»

«2016171088480126509836».

«El número que nos ha facilitado es el 2018634567928384347, ¿es correcto?»

No lo era y así lo expresó:

«Mecagüentuputamadre.»

«No le he entendido. ¿Podría teclearlo?»

Montero arqueó las cejas. Veintitantos números, ni por el forro.

«Te voy a teclear la cara», se limitó a decir.

«No le he entendido. ¿Podría volver a repetirlo?»

Silencio.

«No le he entendido.»

Mi amigo comenzó a silbar.

«No le he entendido».

Entonó el estribillo de «I want to break free». Y se imaginó a Mercury con pelucón, bigote y falda muy ceñida pasando el aspirador. Y ya dejó que la máquina insistiera que no le entendía hasta que, quizás cansada ella también, le anunció:

«Le pasamos con uno de nuestros operadores. No se retire».

Como si hablar con un ser humano fuese la opción más difícil del mundo. En poco más de un minuto Montero confirmó que el pedido le llegaría una hora después. Se despidió de la operadora, «una tal Susana, que seguro está encerrada en alguna oficina diminuta de un parque tecnológico a las afueras de Madrid», y recibió el disco en el tiempo estimado.

Desde aquella tarde, cada vez que le ponen con una voz enlatada le suelta lo primero que le viene a la cabeza, se pone a cantar o a jurar en hebreo. «Sé que me están grabando, o que hay alguien al otro lado que me escucha. Así que le ofrezco el mejor de mis repertorios. Hay veces que desde el otro lado de la línea me ha parecido escuchar los aplausos»