Biescas en la memoria

El hermano de mi abuela tenía una casa en Biescas a la que acudíamos todos los años: mis abuelos, mis tíos, mis primos, mi hermana y yo. Era una construcción de cuatro plantas en la que llegamos a reunirnos más de quince personas —cinco de ellas chavales, con la vitalidad propia de quienes no se agotan nunca—. La casa era propiedad de dos familias, de tal forma que a nosotros nos tocaba disfrutar de ella en invierno y primavera, y a la otra en verano y otoño. En Semana Santa salía cada mañana desde Biescas una comitiva de coches cuyo destino era las estaciones de esquí de Formigal y Panticosa —ocasionalmente Candanchú y Astún—, o el Parque Nacional de Ordesa. A primera hora de la mañana, me encargaba de encender un fuego que calentase durante todo el día la cocina y el resto de habitaciones. Bajo la cadiera se almacenaban decenas de troncos que los más pequeños colocábamos en orden dos veces por semana. Para ello, mi tío abuelo había organizado una labor remunerada que sus cinco sobrinos ejecutábamos con emoción marcial: teníamos que subir madera de la leñera a la cocina a cambio de una paga de cien pesetas, que rápidamente gastábamos en revistas, cómics o postales con imágenes de alta montaña. Los desayunos, las comidas o las cenas eran una suerte de jolgorio, una especie de orquesta en la que todos participábamos con nuestro particular instrumento: platos, cubiertos, vasos y voz, quizás algún lloro o un grito de un solista despistado. Por la tarde, tras la comida en el salón —o en Casa Ruba—, los mayores intentaban sestear mientras los pequeños pateábamos el balón, nos dedicábamos a encestar una pelota en un hueco de la puerta, o leíamos en los dos bancos de madera del pequeño patio exterior. Si el tiempo no acompañaba, jugábamos a las cartas o intentábamos ver dibujos animados o películas en una tele en blanco y negro que sólo se emitía sin interferencias un canal. Algunas noches, a los más jóvenes nos daban de cenar en la cocina, junto al fuego, para que los adultos pudieran tener la velada en calma, sin la intromisión infantil en sus conversaciones. Al acabar la cena, el dueño de la casa encendía un enorme Montecristo y convertía el salón en un centro de tertulia y sobremesa envuelta en los vahos del alcohol y el humo del tabaco.

Con los años, la casa pasó a manos de la otra familia y nosotros dejamos de vivir el Pirineo. Y a los más pequeños nos invadió la ausencia. Y he pensado en la que sentirán los familiares de las 87 personas que el 7 de agosto de 1996 fallecieron en la riada que asoló el Camping Las Nieves. En la diferente significación que tiene el pueblo para ellos y en los extraños juegos que nos llevan al recuerdo. En el Memorial creado por la artista Teresa Pueyo en homenaje a «la memoria de las víctimas, la solidaridad de los vecinos y los sentimientos de quienes vivieron la tragedia en primera persona». Aún recuerdo las imágenes de coches, bicis, caravanas o tiendas de campaña envueltos en lodo en las noticias de aquel mediodía. Y también el silencio que reinaba en el pueblo cuando alguien mencionaba la tragedia, por mucho que se volcara en ayudar y acoger a los damnificados. El esfuerzo de Oriol Espinosa y su familia, promotores de la iniciativa de levantar una escultura en honor a las víctimas, me reafirma en la necesidad de no dejar que venza el olvido. Aunque el esfuerzo por el recuerdo nos lleve veinte años.