Bermudillo, el anciano del hatillo mágico

Descubrí los cómics en esa edad en la que uno busca nuevas inquietudes que satisfacer. Las mías pasaban por la cultura más que por cuestiones que hubieran sido normales en la adolescencia. Disfrutaba de la literatura, del cine, de la música clásica… Pero al cómic, lo que entonces llamábamos tebeos, sólo me acercaba a través de Mafalda, Mortadelo y Filemón y algunas viñetas que leía en las últimas páginas de la prensa. Mi familia pronto comenzó a veranear en uno de esos paraísos terrenales que sorteaban en el Un, dos, tres… responda otra vez, alejándonos de la costa norte y sus peligros. Pero tres meses al sol sin una gota de lluvia provocaba en nosotros un efecto bumerán. La tranquilidad del edén nos aburría y buscábamos tentaciones que nos alejasen de la perfección. La lectura y la música se convirtió en esa escapatoria, y en concreto los tebeos, que podía compartir con mi hermana y con mis primos. Una vez a la semana nos llevaban a un pueblo con apellido de río, un sendero estrecho y desnutrido de caudal, a sentarnos en una terraza, comprar bollos que acompañar con el desayuno y a coger agua, ya que la que salía del grifo de la urbanización era demasiado alcalina y no se podía beber. También a abastecernos de material de lectura. En un par de quioscos de prensa junto al Ayuntamiento encontrábamos el entretenimiento que necesitábamos: desde novelas románticas para mi prima, de ciencia ficción para su hermano o multitud de tebeos de SuperLópez a noventa pesetas el ejemplar (el IVA entonces era un acrónimo desconocido y al euro le quedaba aún muchos años para hacer estragos con los precios).