Aquellos maravillosos años

Veo que el Colegio Vizcaya, al que mi madre y mis abuelos nos enviaron de críos, es el sexto mejor centro educativo de España. Y me pregunto cuánto de lo que soy ahora, treinta años después, tiene que ver con aquel esfuerzo económico que permitió que mi hermana y yo estudiáramos en él. Algunas de las profesoras suelen llamarme cada año para participar como jurado en un concurso literario que organizan. Lo hago con gusto y descubro que hay grandes textos entre los seleccionados. Y no es fácil porque construir un relato sobre sostenibilidad o medio ambiente requiere un esfuerzo. Muchos de los participantes logran no sólo que los relatos estén bastante bien escritos sino ser además originales. El pasado mes de abril, poco después del Día del Libro, volví a participar en la selección de los ganadores. Posteriormente nos enseñaron, en plan visita guiada, algunas de las últimas novedades de la cooperativa: unas aulas pioneras de lo que entonces llamábamos preescolar, la nueva piscina… En fin, que si hubiera tenido hijos los habría enviado allí. Como se nos había hecho tarde opté por bajar en los autobuses escolares, rodeado de alumnos igual de uniformados que lo estuve yo en su día. Fue como un retroceso a las raíces, el regreso a unos años que no volverán pero que se instalaron durante unos segundos en mi cabeza. Incluso me permití congelar el recuerdo con un rápido selfie, en el que participaron algunos de los chavales con esa vocación fotográfica de hoy. Luego recibí la consiguiente reprimenda de una profesora por haberles sacado una foto a los alumnos: los tiempos han cambiado, y la protección al menor está por encima de otras cuestiones.

En 2010 se celebró el 40º aniversario del Colegio. Invitaron al lehendakari Patxi López, a padres, profesores, responsables institucionales y a algunos ex alumnos a un acto en el centro. Cánticos, homenajes y un pequeño ágape. Yo fui uno de los invitados, y para la ocasión escribí este breve discurso:

“Por alguna razón que merecería la pena ser estudiada, me acuerdo muchas veces del Colegio. Y eso que tras dejar estas paredes pensé que no volvería a verlas. Pero no ha sido así. Cuando me pidieron que colaborara en este cuarenta aniversario me dije: ¿qué podría escribir sobre aquellos años, en muchos casos maravillosos, parafraseando el título de una serie que también veíamos por entonces? La primera imagen que me vino a la cabeza fue la de nuestra profesora de Historia del Arte, Juana, con un paraguas en alto —creo que de color rosa— conduciéndonos por el centro de Florencia en aquel viaje de estudios en los que me embebí de arte. Y que me permitieron entender muchas de las cosas que ella misma nos había enseñado. O de Tino Cuento, nuestro profesor de Filosofía y Latín. Nunca le agradeceré lo suficiente que me animara a seguir escribiendo.

De este salón en el que nos encontramos recuerdo los empeños de Maribel para que aprendiéramos los pasos de una de las obras de teatro que organizábamos. Nada menos que West Side Story. Creo que se dio cuenta que hacerme bailar era como intentar romper una piedra a cabezazos. Fue así como me acabó encargando parte de los decorados. Para algo tenía que servir yo, porque empeño, lo que se dice empeño, sí le ponía. Y si he acabado trabajando de diseñador gráfico, seguro que de algo me ayudó todo aquello. También recuerdo las carcajadas de mis compañeros cuando en cuarto de lo que entonces era EGB, les solté en un alarde poético a nuestra tutora: “Margarita, es usted un sol, una rosa”, porque había decidido no ponernos deberes aquel fin de semana. O aquella vez que Estanis nos pidió un trabajo de música y acabamos presentándole un monográfico sobre La Trinca. Aún le veo partirse de risa…

Podría apuntar muchas más anécdotas si el tiempo me lo permitiera, pero suelen decir que “lo bueno si breve dos veces bueno”. Me gustaría eso sí, citar a profesores como Pedro, Marisol, Isaac, Chevi, Mendive, Miguel Ángel, Txema, Ignacio, Josemi, Metxe, Rafa, José Ramón, Jon… Tengo muy mala memoria para los nombres, así que espero que me perdonen si me he olvidado de alguno. Cada vez que vuelvo por el Colegio pienso en verlos, sin darme cuenta de que el tiempo no sólo pasa para mí. Como si no hubieran transcurrido, ¿cuántos? ¿veintiséis años desde que comencé la universidad? Quizás porque en la memoria se mantienen mucho más frescos esos recuerdos de lo que podríamos imaginar”.