Adiós a la princesa de nuestra infancia

Vi La guerra de las galaxias siete veces en el cine, la mayoría de ellas en la sala Astoria de Bilbao. No puedo recordar con exactitud cuáles fueron las razones de que me cautivara de semejante manera, si los segundos que tardaba el crucero imperial en cruzar la pantalla al comienzo de la película, o Darth Vader entrando en la nave de la princesa Leia, o los dos robots perdidos en busca de Obi-Wan, o la cantina de Mos Eisley; o la ironía de Han Solo, o la inocencia de Luke, o la rebeldía de Leia Organa, o el felpudo con patas de Chewbacca; o el Halcón Milenario, o la batalla final para destruir la Estrella de la Muerte. Seguramente todos los elementos de ese mundo imaginario inventado por George Lucas en el que se mezclaban la ciencia ficción, las películas de vaqueros, de espadachines, con dosis de comedia e incluso de historia romántica en la que, por supuesto, el MAL —con mayúsculas, porque para nosotros Darth Vader representaba la oscura y auténtica maldad— era derrotado por el Bien. Creo que tanto mi hermana como yo vivimos la película —a la que siempre hemos definido como La guerra de las galaxias, con su nombre en castellano— como un descubrimiento. Nada era igual hasta ese momento, nadie había rodado algo semejante, era cine en estado puro, y todo lo que tenía que ver con el filme traspasaba la frontera de la pantalla. Aquel año fue el largometraje que obtuvo más Oscar, siete de once nominaciones, y cada premio era como si la Academia certificase que el cine había cambiado —y eso que fue el año de Annie Hall y Encuentros en la Tercera Fase, nada menos—. Me recuerdo delante del televisor viendo el resumen de la ceremonia y palmeando cada vez que decían eso de «And the winner is…», y el título de la película. Ya entonces sabíamos que iban a rodar dos películas más, que aquel era el inicio de otras dos trilogías, que tendríamos aventuras galácticas durante muchos años. Pero no fue igual. Creo que he transmitido la emoción por Star Wars a mi hermana pequeña y a mis sobrinos, jóvenes padawan que continúan enganchados a las historias del universo Lucas. Y quizás por eso mismo, el fallecimiento de Carrie Fisher, la actriz que siempre será la princesa Leia ha sido como si nos robaran un pequeño pedazo de aquellos jóvenes espectadores que fuimos, y queramos verla empuñando su pistola láser para abrirse camino y enfrentarse ella sola al Lado Oscuro.