Adiós al VHS

En una estantería del salón de la casa de mis abuelos aún conservo una  hilera de películas en VHS: algunas me las regalaron —la edición de Star Wars antes de que George Lucas incluyera ediciones descartadas que no aportaban nada—, otras las fui comprando con mis primeros ahorros —Psicosis, Con la muerte en los talones…—, pero sobre todo grabaciones hechas de la televisión, cuando programabas el vídeo sin tener en cuenta que las cadenas alterarían la programación cuando les viniera en gana o que se saltarían a la torera el número de minutos por hora permitido. Tenía un amigo que hacía maravillas con estas grabaciones, cortaba y pegaba las cintas para eliminar todos esos minutos de anuncios que hoy harían las delicias de un publicista o un historiador. El mismo que se vio inmerso en las disputas entre Beta o VHS, o el añorado Vídeo 2000, cuando la lucha entre empresas por acaparar el mercado le dejó con un inútil grabador de Sony en el salón. En julio de este año, la única empresa del mundo fabricante de reproductores de vídeo suspendió su producción. Funai Electronics llevaba desde 1983 comercializando vídeos, pero la falta de componentes y la escasa demanda —restringida a ámbitos profesionales y de coleccionista— la empujó al cierre. Pero dicen que no todo está perdido, que muchas de esas cintas no tendrán que tomar el camino de la basura, que incluso en la actualidad existe un mercado de cintas de vídeo en el que llegan a comprar películas a un precio muy superior al original —filmes raros, en plan películas de miedo o aquéllas que no merece la pena editar en DVD—. Aunque la nostalgia crea extraños compañeros de cama. Las compañías han vuelto a editar discos de vinilo para melómanos que añoran el sonido a bolsa de patatas fritas que se escuchaba de fondo; hay tiendas en las que se venden los antiguos casetes y reproductores para que se puedan escuchar aquéllos que guardábamos en el sótano. Uno, que tiene alma de antiguo —y no vintage, no nos equivoquemos—, conserva aún en su casa el tocadiscos, el radiocasete, una máquina Underwood —que Ramiro Pinilla acarició emocionado al verla, recordando sus primeros escritos con otra igual— o un par de cámaras de las de fuelle. Y al paso que voy, cualquier día de éstos me agencio un proyector. De Cinexin.