Un plato de aceitunas

Montero pidió dos marianitos, «rojos, preparados», le dijo al camarero. «Te van a gustar, Oviedo, que sé que tú le das a esto del aperitivo». Le respondí que lo estaba dejando, que me notaba fondón y blandito. «Pero eso es la edad, amigo, no se puede estar toda la vida hecho un vigilante de la playa.»

Nos pusieron las dos bebidas y un platito de aceitunas, que mi amigo fue devorando mientras lanzaba los güitos sobre la barra con la habilidad de un francotirador.

«He estado en Donosti, en el Festival, me apetecía ver alguna peli pero sobre todo meterme en el meollo, ya sabes», contaba, «las fiestas que se organizan cada noche en el Bataplan o en el Miramar para las estrellas y acompañantes. Un rollo, demasiados vips que te miran de reojo si no vas con zapato negro. En Donosti lo tiran todo…», añadió apropiándose de la última aceituna y jugando con el hueso entre los dientes. Pensé que lo iba a lanzar al aire y que dibujaría una extraña parábola antes de acabar en el plato. Montero pareció pensárselo. Miró hacia atrás, donde un cliente avejentado sorbía una copa de blanco, cogió el güito con los dedos y lo acompañó hasta el plato.

«Camino a casa», continuó, «encontraba los contenedores —que allí son de metal—, repletos de cosas útiles, desde un calienta biberones con garantía y todo, hasta sillas de mimbre como la de aquella película, Emmanuelle. He llenado la casa de mis padres con tantos objetos de segunda mano que les voy a dar un susto de muerte cuando vayan».

«Y tú para qué quieres un calienta biberones», le pregunté.

«Pues es de lo primero que me he desprendido», exclamó. «La hermana de un amigo acaba de tener un hijo y seguro que le viene bien. Además, está nuevo. Pero lo que no sé es que hacer con las sillas, o con unos cuadros de unos tipos muy serios, hasta un abecedario etrusco que me puede servir de lenguaje secreto.»

Volvió la cabeza para comprobar que el viejo abandonaba el local, cogió su plato con aceitunas y las volcó sobre el nuestro. Luego le dio un trago al vermú. «Creo que se me está quedando cara de Diógenes», comentó.