A propósito de Niza

Veo las imágenes de cuerpos tirados por el suelo, como restos de una fiesta macabra, tras el atentado en Niza y no puedo evitar traer a mi memoria la belleza y el glamour de una película como Atrapa a un ladrón, de Alfred Hitchcock. Las imágenes de Grace Kelly y Cary Grant en el entorno increíble de la Riviera Francesa, la huida en barca por la costa, la llegada a playa, y la historia entrañable, algo blanda, de un ex ladrón de guante blanco, miembro de La Resistencia, que tiene que defenderse del imitador que roba las joyas de los más ricos. Pero también pienso en el Paseo Marítimo de La Coruña durante la noche de San Juan o en la Batalla de las Flores que se celebra en agosto. Y se me comprime el estómago: los daños son más dolorosos cuando más cercanos y el Paseo de los Ingleses recuerda al Paseo Martítmo coruñés. Quién no se ha visto regresando alguna noche entre la multitud de ver los fuegos artificiales, de un concierto, o de una fiesta de conmemoración de una efeméride local. El horror de un atentado como el de Niza envuelve con su manto negro todos esos recuerdos. Porque más allá de las muertes —dolorosas, salvajes, que sólo demuestran el carácter cruel e inhumano de su autor y sus instigadores— lo que desde hace años está intentando el mundo árabe más radical es exterminar lo que convierte en hermoso al ser humano: la destrucción del patrimonio cultural —relieves milenarios, toros alados, ruinas de Palmira, y mucho antes los Budas de Afganistán—, de la Cultura e Historia —eliminar el pasado para que no se recuerde y recupere su grandeza frente a la planicie que intenta imponer lo radical—, el sometimiento al resto de culturas por medio de la Ley del más fuerte, una especie de Ley del Talión que doblegue a quienes no piensen igual, tengan una ideología o religión distintas. Convertir el mundo en una nueva e inhóspita Edad Media, en la que la mujer sea vejada y maltratada, las personas covertidas en seguidores a las que se les impida discrepar y pensar sometidas al yugo de las armas. La violencia es el recurso de los ignorantes, apuntaba Isaac Asimov. Y Francia, elegida como objetivo por todo lo que simboliza: por la integración social —buena o mala, eso ya sería otro cantar— de los inmigrantes, por representar una forma de vida, por ser la base de esa famosa tríada —Libertad, Igualdad y Fraternidad— que combate el fanatismo musulmán. El yihadismo parece elegir bien cuándo golpear. Nada menos que durante la celebración del 14 de julio, la celebración de la Toma de la Bastilla que supuso el inicio de la Revolución Francesa. Todo un símbolo.

Pero si dejásemos a un lado las muertes, el dolor, las condolencias, e incluso nuestro eurocentrismo, tendríamos que preguntarnos por la raíz del problema. Por la razón que nos ha llevado hasta aquí. Y me pregunto si en el hecho de que parte del mundo árabe se crea en guerra con Occidente no tendremos algo de culpa: un pasado colonial europeo que creó países artificiales como Siria o Irak; la permisividad ante un floreciente mercado negro que hace que ya cualquiera pueda adquirir un AK-47 —hasta importantes bancos se lucraron con la venta de armamento sin que nadie moviese un dedo—; los intereses estratégicos y económicos que revuelven desde hace décadas el polvorín de Oriente Próximo —adentrándose en países árabes para obtener negocio, armando a las diferentes tribus en su lucha contra otras, bajando la mirada ante las atrocidades cometidas en Israel y Palestina—. Cuestiones, entre otra muchas, que están sin solucionar y que han alimentado al monstruo. Porque no lo olvidemos: de aquellos polvos vienen estos lodos.