Soy un analfabeto ecocómico (o un analfabeto a secas)

En una ocasión, en el colegio, nos preguntaron qué era ser analfabeto. Y nosotros, con ese puntito repelente y sabihondo de los chavales, coreamos que cuando una persona era incapaz de leer y escribir. La maestra asintió y subrayó que por eso era necesaria la enseñanza, y más la obligatoria, porque en los países que la tenían el analfabetismo era escaso. La profesora, sin embargo, añadió otra definición. Según la ONU, una persona analfabeta era aquella que no podía ni leer ni escribir un sencillo mensaje relacionado con su vida diaria. Que era incapaz de adaptarse a los cambios vitales de una sociedad en plena evolución. Así, con el tiempo comenzaría a hablarse de los analfabetos digitales, aquellos que no poseían los elementos para moverse a través de las nuevas tecnologías, especialmente Internet. Pero es tal el estado de las cosas en el mundo de hoy, que tendríamos que comenzar a acuñar nuevos términos, como el analfabeto económico, jurídico, informativo o ideológico. Sobre estos últimos, me sorprende que la ideología marque de tal manera a una persona que no entienda que tus ideas siempre van a verse contrapuestas a otras y que, por tanto, levantarse de la mesa cuando empieza a hablar otra persona —después de haber soltado tu discurso o haber desafinado cantando un himno— es simplemente una falta de respeto.

Cada vez que leo ciertas noticias en la prensa me siento analfabeto. Nunca he entendido que nadie se soroje al ver su nombre en la lista de los morosos o que deban a Hacienda millones de euros y sigan gastando lo mismo, manteniendo el mismo ritmo de vida; o no estén ni en la cárcel ni el Estado se haya hecho cargo de todo su patrimonio para saldar las cuentas. Con esa simplicidad que rige nuestra forma de entender las cosas, pienso en la de veces que ha llegado una carta de Hacienda a casa, reclamando una revisión del IRPF o del IVA, las cuentas embargadas, las piruetas que uno ha de hacer para mantenerse a flote en este país en el que los caraduras siguen siendo los que rigen el día a día.

Sobre la primera Feria del Libro de Portugalete

He participado esta semana pasada como autor y ponente en la primera Feria del Libro de Portugalete, organizada por la Asociación Cómplices Literarios. He sido uno de los muchos autores llamados a un encuentro por el que, desde un primer momento, nos hemos sentido atraídos, quizás por la sensación de que sus organizadores estaban francamente implicados en que saliera bien. Conté el primer día un total de cien actos para firma de libros con escritores como Martín Olmos, Santiago Liberal, Alfonso del Río, Julián Borao, Daniela Bartolomé, Ritxi Poó, Mari Carmen Azkona, Elena Fernández, Elena Moreno, Tania Serrulla, Antón Arriola, Adrián Martín, Javier Sagastiberri o Iñaki Uriarte, por citar tan sólo algunos nombres más cercanos.

Se puso en contacto conmigo Isabel Rodríguez, de la Librería Guantes, por mediación de Elena Moreno, y más tarde el escritor Adrián Martín Ceregido —que acaba de publicar su segunda novela El peso de la ira— para contarme el plan de actividades: una firma el domingo a media tarde y una charla ese mismo día sobre Mujeres y Literatura junto a la ya citada Elena Moreno, Noemí Pastor y Natalia Vara Ferrero —la mesa redonda, a las seis y media de un día soleado congregó a más de cuarenta personas, lo que muestra el interés del público portugalujo por esta feria del libro—.

Hablaría posteriormente con Isabel Fernández, de la librería Liber 2000, que me planteó el acto de la firma, en este caso de dos de mis novelas, Cuerpos de mujer bajo la lluvia y la recientemente publicada El hacedor de titulares, y Susana Penas —de Guantes. A todos ellos pude conocerlos en persona según llegué a la Plaza del Solar, con el incomparable marco del Puente Colgante.

La diferencia de esta Feria con otras en las que he participado es la emoción que han demostrado sus organizadoras. Hay además un enorme contrapunto con eventos como los de Bilbao y San Sebastián, por citar dos de ellos. En Portugalete vimos editoriales, librerías, plataformas de escritores y no sólo grupos editoriales que solapan todo lo que se hace en Euskadi. Las propuestas, además, son distintas. Editoriales cuya presencia no es habitual en las ferias, autores menos significativos —quizás— pero con obras igual de interesantes. Junto a los tradicionales momentos dedicados a la novela negra —con el auge del género en el País Vasco de la mano de Erein— hay huecos para otras formas de entender la literatura, desde lo histórico a la novela femenina, a la literatura en red, la música, la magia, los cuentacuentos… Las mesas redondas o las conferencias demostraron el hambre literario de la localidad. Y todo ello en un entorno casi de cuento de hadas —el buen tiempo ayudó, sin duda, a que las casetas parecieran sacadas de un relato infantil—, con presencia constante de los organizadores junto a los escritores que nos acercamos a dar visibilidad a nuestras obras.

Iniciativas como la Feria de Portugalete animan a seguir en este camino de impulso literario. Considero un éxito la organización de Cómplices Literarios —habrá aristas que tendrán que pulir, sin duda, pero seguro que saben hacerlo—. Cuando el año que viene levante el telón, espero volver a colaborar con ellos.

El Real Madrid, o el poder del dinero

El Real Madrid —ese equipo al que todos tendríamos que estar abonados, o adorar, el mejor del mundo, el que más ganancias y noticias genera—, y sus dirigentes, comprendieron un buen día que el dinero da la felicidad, conforma un grupo de jugadores hechos para ganar, da igual cómo se llamen mientras vistan de blanco, se puedan vender a los medios de comunicación y acaparar las portadas (del Marca, por supuesto, pero también de otros diarios menos deportivos), y que los periodistas hablen de ellos, y los encumbren con el balón de oro o la zapatilla de plata. Y se vendan camisetas y bufandas y pines, o cualquier otro tipo de merchandising que permita seguir hinchando la burbuja económica del deporte rey.

Los presidentes del club blanco entendieron que Madrid necesita un equipo que aúne al país, que sea el referente de la capital y de España, del que se hable en toda la galaxia, cuya blancura sea superior a cualquier otra pero que sobre todo genere riqueza. Qué más daban entonces las cláusulas de rescisión, los abultados precios de un jugador, la proyección de un portero que despunta en otro equipo si se cuenta con el capital suficiente como para llevárselo a Valdebebas, aunque luego se pase años chupando banquillo y pueda desarrollar esas aptitudes por las que fue elegido. Qué más daba todo si contamos con dinero para hacerlo.

Y la avaricia del mejor equipo del mundo alcanzó también a la selección española, a su entrenador, un Julen Lopetegui que cayó en las fauces del cómo no voy a entrenar al club que cuenta con más figuras internacionales y más reconocimientos en forma de copa; porque una cosa es hacerlo con figuras de la nación, y otro con jugadores interestelares que elevarán mi caché y mi nómina. Y tampoco es necesario ser un buen entrenador: basta con dejar jugar a las estrellas. Y no hace falta tener demasiado criterio (o carácter), no vaya a ser que se enfade su delantera o su figura más mediática (que se lo digan a aquel entrenador que no supo reconocer entre Messi y Ronaldo quién era el máster del universo). Así que Florentino Pérez optó por fichar a Lopetegui y provocar el caos en la selección a dos días de su estreno contra Portugal. Y se hizo noticia. Y Luis Rubieles, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, optó por destituirlo de inmediato. Y nombró a Hierro. Y Lopetegui será presentado hoy ante la afición madridista. Quizás porque los responsables blancos también entendieron que el equipo que representa a España no es la selección sino el Real Madrid.

Lo decía esta mañana Iñaki Gabilondo: “Piqué, el denostado, nunca le perdió el respeto a la selección; el Real Madrid, grande de España, se lo perdió ayer por completo”.

El microrrelato en la España plurilingüe, de Irene Andres-Suárez

En octubre de 2017 comenzaba a impartir en Alea Bilbao un taller de escritura creativa dedicado al microrrelato, cuyo material de trabajo era algunos de los libros de Fernando Valls e Irene Andres-Suárez, quizás los autores que más saben sobre el tema. Conocí a Valls a través de alguna antología del relato y microrrelato publicada por Menoscuarto y en especial por mi colaboración en uno de sus libros, Mar de pirañas, en el que tuve la suerte de compartir espacio con otros escritores vascos como Pedro Ugarte, Iban Zaldua, Jesús Esnaola, Rocío Romero o Javier Sáez de Ibarra. También por su blog La nave de los locos, que seguía con interés.

No había tenido el gusto, sin embargo, de tratar con Irene Andres-Suárez, aunque el trabajo que quería llevar a cabo con mis alumnos se centraba fundamentalmente en su edición para Cátedra Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.

Precisamente este interés por el microrrelato hizo que lograra ponerme en contacto con ella. A partir de ese momento mantuvimos una amable relación epistolar en la que Andres-Suárez me facilitó material para desarrollar mis clases, además de consideraciones oportunas sobre el microrrelato en gallego, catalán o euskera, que sirvió para que me interesara por algunos de los autores euskaldunes que lo practican: el citado Iban Zaldua, Karlos Linazasoro o Ana Malagón. Le comenté entonces que en 2011 había publicado un libro de relatos, cuya segunda parte estaba dedicada íntegramente al microrrelato. La filóloga desconocía la existencia de aquel, por lo que me comprometí a enviárselo. A vuelta de correo, me apuntó que había tenido oportunidad de leerlo y que le serviría de apoyo un libro que estaba a punto de finalizar, El microrrelato en la España plurilingüe, y que se publicaría a mediados de 2018.

La semana pasada recibí un ejemplar del libro editado por la Universidad de Valladolid y la Cátedra Miguel Delibes de Nueva York, en el que se analiza en profundidad el microrrelato en España. Junto al exhaustivo análisis del microrrelato escrito en catalán, gallego o euskera, se hace referencia a tres autores que escribimos habitualmente microrrelatos en castellano: Julia Otxoa, Jesús Esnaola y yo —casos aparte son, como dice la propia Andres-Suárez, los de Pedro Ugarte y Espido Freire, a cuya obra dedicará en su momento otras páginas—.

De Julia Otxoa, una internacionalmente reconocida autora de género breve, se analizan dos de sus últimos libros, Escenas de familia con fantasma y Confesiones de una mosca, ambos publicados por Menoscuarto, “en los que predominan lo grotesco y los esperpéntico (…) Con ironía e imaginación, la autora fustiga la deshumanización, la violencia, el mercantilismo y la depauperación de una buena parte de la sociedad española y carga aún más las tintas cuando aborda la realidad política, minada por la corrupción, la irresponsabilidad o los nacionalismos extremistas que manipulan a los ciudadanos, falsifican la historia e imponen el reino de la confusión y del miedo”.

De Jesús Esnaola se analiza su libro Los años de lluvia (Paréntesis), ochenta y seis textos “de gran calidad estética”, en los que la lluvia “funciona como metáfora de la insignificancia de la vida humana frente a los elementos naturales”, un libro dividido en dos partes, una primera en la que el autor donostiarra sobre “la realidad y sus límites”, y una segunda “más realista”, historias que nos llegan “por lo general a través de la voz y de la perspectiva de un narrador-protagonista adulto que vuelve su mirada hacia la infancia y la contempla desde su atalaya con evidente perplejidad y, a veces, sarcasmo y estupor”.

Respecto a mi libro El sueño de los hipopótamos, publicado hace años por la desaparecida Libros de pizarra, Andres-Suárez pone el ojo en el sentido simbólico de los dos bloques en que se divide la obra, el primero marcado por los problemas sociales, que dejan paso a los existenciales en el segundo: “la dificultad de encontrar un camino propio que dé sentido a su existencia, el vacío interior, el miedo a afrontar el día a día, el hartazgo de vivir, la soledad y la muerte, la inautenticidad y el juego de disfraces”. (…)

Tres autores vascos que escribimos en castellano recogidos en un libro imprescindible para quienes quieran acercarse al llamado cuarto género narrativo, como lo definió en su momento la propia autora. Ejemplo de que escribir microrrelatos requiere sus propias reglas y no se trata únicamente de un relato corto.

Respeto por el rugby y el deporte de verdad

Al día siguiente de que el Cardiff Blues ganara la Challenge Cup por un emocionante 31-30, en la sección de Deportes en Antena 3 abrían con un twitt de un jugador de fútbol que anunciaba que estaba orgulloso de lucir la camiseta de un equipo parisino para la temporada que viene. Lo más de lo más de lo noticiable. La banalidad informativa llevada al extremo. Hace tiempo que el Deporte en televisión ha dejado de interesar. Al menos que no seas una fanático del fútbol, o mejor dicho, del Madrid, del Barcelona o del Atleti. Hay que ocupar minutos, y los entrenamientos, los desenfadados rondós de jugadores multimillonarios, los vídeos en redes sociales e incluso las fotos luciendo la nueva marca de calzoncillos de alguna estrella del balompié se convierten en la esencia de los informativos. La estupidez abriendo el telediario. Sin olvidarnos de informaciones deportivas tan relevantes como las de que un estadio pite el himno nacional o que un grupo de padres se hayan pegado en un campo de juveniles en un pueblo de Almería. De fútbol, claro está. Cualquier otro deporte se convierte en convidado de piedra del mayor espectáculo circense del mundo. Y eso me recuerda al jugador del Paris Saint Germain, orgulloso hoy de los colores de su equipo, que en Barcelona era un ejemplo de vistosidad pero también de marrullería, infantilismo, soberbia, antideportividad… Todo lo contrario a lo que pudimos ver en San Mamés en las finales de rugby, en cuyas gradas se mezclaban los colores de los equipos que disputaban las finales sin que hubiese conato alguno de violencia, donde cuando el pateador iba a lanzar una falta de castigo se pedía silencio en las pantallas (“Please respect the kicker”) y en las gradas (con un largo ssssssshhhhhhhh acogido con normalidad por el público, al que sí se le podía llamar entonces respetable).

Crónica de la sentencia judicial contra La Manada

O sea, ¿que cinco anormales con el cerebro en la entrepierna, que se definen a sí mismos como La Manada, lo que evidencia su instinto animal y gregario, que se jactan a través de grupos de wásap de buscar mujeres con las que hacérselo, que graban en vídeo a la chica de la que se están aprovechando sexualmente, a la que empalan por delante, por detrás, que le obligan a que se la coma, y a la que han metido en un portal a la fuerza, a la que luego dejan tirada y medio desnuda, a la que uno de ellos le roba el teléfono móvil —sustraer empleando un término jurídico— para que no pueda quedar a los demás —o chivarse en la jerga de estos cinco trogloditas que ha educado nuestro país— y que están a la espera de juicio por otros hechos similares no han violado a la chica? Pues nada, que fue sexo en un ambiente de jolgorio en el que a una mujer le ponía mucho montárselo con cinco a un tiempo, por eso de superar algún récord —si se me permite la ironía—. Que se vieron en la calle en plenos sanfermines y les dijo, oye, qué os parece si me dais por el culo, pero así, en grupo, que me produce morbo. Y todo fue de perlas, tanto que ella prefirió quedarse medio en bolas en el portal por eso de descansar un poco. Y que lo de mangarle el móvil fue una broma, porque ella los llamó picha floja, capullos o algún que otro apelativo cariñoso. ¿Qué tendría que haber hecho la mujer, defenderse? ¿Liarse a golpes para que esos cinco anormales le dieran de hostias, le desgarrasen la ropa o el culo y la abandonaran sobre un cerco de sangre?
En fin. Un despropósito. Pero es que, claro, no somos jueces, ni hemos visto los vídeos porno esos que se marcaron, así que sólo podemos conjeturar. Pero así, de primeras, la sentencia suena a rancio, a país casposo en el que la mujer sigue estando por debajo en el escalafón.
Esta es la opinión. Ahora la teoría: ¿Qué diferencia existe entre abuso y agresión sexual teniendo en cuenta que los chavalotes han sido acusados de un delito continuado de abuso sexual en su modalidad de prevalimiento con pena de 9 años de prisión? Tanto el abuso como la agresión tienen en común el ataque o atentado a la libertad sexual de la persona. No hay por tanto consentimiento por parte de la víctima. ¿Cuál es entonces la diferencia? En el segundo caso, la falta de consentimiento se realiza a través de violencia (física) o intimidación (violencia psíquica). Si la agresión sexual se produce con penetración se denomina violación, y tiene una pena de entre 6 a 12 años. Nueve ha sido la condena de La Manada, pero no es el número de años sino la definición del delito. Los jueces han entendido que la falta de consentimiento ha sido debida a que los cinco acusados “se prevalieron de una situación de superioridad tanto por el número de personas como por las circunstancias de lugar en que se produjeron los hechos”, pero que no recurrieron a la violencia. ¿Qué tendría que haber pasado entonces para que hubiera habido violencia? ¿Y cómo es posible que uno de los jueces haya emitido un voto particular de absolución? En fin, la ilógica me impide pensar.

El máster de Cifuentes

El máster de Cifuentes demuestra lo que ya es un secreto a voces: el PP cree que España es su chiringuito y que el público se traga cualquier cosa. Será la derecha o una forma de gobernar, quién sabe. O será Madrd, la Corte, el poder… Hoy en Radio Nacional, Alfonso Alonso, destacado miembro del PP, y al que no considero una persona estúpida, venía a decir que tenían “que defender a los suyos —es decir a Cifuentes—, porque forma parte del Partido”. Qué más da si miente o no, si sus excusas suenan a eso, si ha dado explicaciones desde una pantalla de plasma —muy al estilo Rajoy— o desde su propia plataforma virtual para no tener que enfrentarse a la prensa y a preguntas icómodas. Tampoco importa que enseñe papeles con firmas falsificadas, que no sea capaz de entregar un trabajo de fin de máster —habría sido lo más fácil para evitar todo este esperpento— o que a estas alturas esté haciendo un daño irreparable a la universidad y a la educación. Nadie se cree ni sus mentiras, ni sus sonrisas ni su altanería de deidad barnizada en oro. Pero es que tampoco nos creemos a esos vendedores de sueños y baratijas que llaman políticos, capaces de anteponer las necesidades de su partido a las del país. Qué necesidad de regeneración, de cultura, de educación haría falta para que hacer cambiar todo esto. Durante dos años un amigo mío estuvo haciendo un máster al que dedicaba la práctica totalidad de su jornada: clases presenciales, trabajos colectivos, encuentros con otros compañeros… cuestiones que Cifuentes se pasó por la entrepierna con el visto bueno de la Universidad Rey Juan Carlos. Los responsables de la misma ya han dado a entender que el máster de la Presidenta de la Comunidad de Madrid funcionaba de manera irregular. Lo que nos hace cuestionarnos si no habrá ocurrido lo mismo con las carreras o los másteres de otros políticos hispanos, deseosos de ver engordar sus currículos como si en realidad todo eso les sirviese para algo. Como si no creyésemos que nos gobierna una pandilla de iletrados.

En defensa del cine español (y vasco)

El cine español se ha hecho mayor, lo demuestran los números de taquilla y la calidad de los filmes que se presentan. También una nueva hornada de actores, que no es tan nueva porque llevaba lustros ejerciendo de secundarios de lujo, buscándose un hueco en el proceloso mundo de la actuación —o de cualquier arte— y de directores cargados con maletas de ideas frescas.

Tan sólo reflejaré la lista de los ganadores de los premios Goya de esta década como ejemplo de lo que digo: Pa negre, de Agustí Villalonga (2011), No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu (2012), Blancanieves, de Pablo Berger (2013), Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba (2014), La isla mínima, de Alberto Rodríguez (2015), Truman, de Cesc Gay (2016) y Tarde para la ira, de Raúl Arévalo (2017). A este primer film de Arévalo como director —un actor de registros variados que mostraba su buen hacer también detrás de la cámara— se sumaban algunas películas superlativas, de ésas que un crítico de la cinematografía hispana hubiera valorado sin sonrojarse o poner en tela sus prejuicios: Un monstruo viene a verme (de J.A. Bayona), Cien años de perdón (lo mejor de un irregular Calpasoro) y Que Dios nos perdone (de Rodrigo Sorogoyen, o cómo hacer buen cine negro español sin echar de menos True Detective).

En la próxima edición de los Goya hay tres claras favoritas: Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño, El autor, de Manuel Martín Cuenca y La librería, de Isabel Coixet, con 13, 12 y 9 nominaciones respectivamente. En el primer caso, el hecho de que se trate de una película en euskera y basada en un personaje real, el llamado Gigante de Altzo, le otorga una mayor relevancia si cabe. No sólo es una gran película de época, con dos actores sobresalientes (Eneko Sagardoy en el papel del gigante Joaquín y Joseba Usabiaga en el de su hermano Martín) sino que permite hacerse una idea de la discriminación lingüística y social en la España del siglo XIX (recomendable acercarse al filme en versión original, porque comprenderíamos mejor las dificultades de estos dos hermanos en la corte de la malcriada reina Isabel II).

Por otro lado están dos filmes que se adentran de una manera u otra al mundo literario. En La librería, una joven decide montar una tienda de libros en un pequeño pueblo de la costa inglesa con la oposición de las fuerzas vivas de la localidad (con un guion basado en una gran novela del mismo título escrita por Penelope Fitzgerald, a la que cualquier amante de la literatura debería acercarse); en El autor, un pasante de notaría se empeña en escribir la novela de su vida, asiste a un taller literario impartido por un profesor caradura y comprueba con desgana el éxito editorial de su mujer gracias a una obra que considera menor. Dos ejemplos antagónicos, que muestran sin embargo la relación que siempre ha existido entre la literatura y el cine, narrados de forma más costumbrista por Coixet —aficionada a relacionarse con actores internacionales y a rodar en inglés, pero que no logra perfilar, en este caso, el comportamiento de los personajes, que aparecen planos, sin vida, sin motivaciones claras de sus actos—, y más realista por Martín Cuenca —que cuenta aquí con la inestimable presencia de un Javier Gutiérrez que vuelve a bordar el papel como ya lo hiciera en La isla mínima—.

Tengo amigos que no ven cine español. Creo que se equivocan. En esta pequeña relación de grandes largometrajes me he dejado algunos títulos. También otros que fueron recibidos con alharacas pero que acabaron siendo humo. Quizás no se trate de un cine tan espectacular como los blockbusters americanos, pero cuentan cada vez más con guiones, directores y un reparto excepcionales.

Artículo aparecido en el nº 182: enero-febrero 2018 de la revista Espacio Luke.

La novela fragmentaria de Muñoz Molina

Durante muchos años, dos libros de Antonio Muñoz Molina marcaron mi forma de entender la literatura, por un lado El jinete polaco, y por otro Plenilunio, obra por la que siento predilección y que supuso el germen de una de mis novelas. Las de Muñoz Molina eran obras densas, narradas con la rotundidad de un gran escritor, excesivas quizás para los lectores de hoy. Quizás por ello no sorprenda que su ultimo libro, Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) sea más fragmentario, acorde a los tiempos que nos ha tocado vivir, con un contenido singular también en su forma. El escritor jienense ha estado en Bilbao presentando esta novela que refleja un proceso narrativo y que surgió por casualidad, como dice que nacen muchos de sus proyectos, inconscientemente, llega una idea y uno empieza a desarrollarla. El impulso de Un andar solitario entre la gente fue ir fijándose en las cosas que estaban cerca de uno, un posavasos, una persona pidiendo en una esquina, un artista callejero, un artículo de periódico. “Quería contar lo inmediato, y según escribía lo que estaba haciendo cobraba forma. Era una especie de diario en el que recopilaba recortes, frases, iba con un cuadernos y un lápiz pero a la vez con un iPhone en el que registraba grabaciones, por ejemplo los pregones de la gente en la calle, los cánticos de una vendedora de melocotones, en la que te das cuenta de la musicalidad del habla. Mis escritos se convirtieron en una crónica de viajes con la que prolongaba la tradición sobre la literatura de la ciudad”.

Dice Muñoz Molina que siempre le ha gustado la escritura fragmentaria, que la inmediatez siempre ha estado ligada con el periodismo, y que “el periodismo es literatura porque es contar el mundo con palabras”. Pero como en todas las artes, hay buen y mal periodismo. Y por tanto buena y mala literatura. Y recurriendo a Choyce: “La casualidad me provee justo de lo que yo necesito”. Todos los escritores que aparecen en el libro son escritores de periódicos. Esta nueva literatura se corresponde con la nueva realidad. Por qué define su novela de urbana: “Porque la ciudad por definición es un mosaico, y por eso mismo las novelas sobre la ciudad suelen ser así”. En ese proceso el escritor descubrió una palabra que le refleja perfectamente la sociedad de hoy: basuraleza. “El nivel actual de residuos es brutal, muy serio, a lo largo de la novela aparece varias veces esa presencia constante de basura en nuestras calles. Cada cultura trabaja con el material que tenemos, y en la nuestra los deshechos son con los que trabajaremos en el futuro”.

En qué trabaja Celia Villalobos

Cada vez que la veo me lo pregunto: en qué trabaja Celia Villalobos, me ha soltado Montero esta mañana al ver la cara de la diputada en la televisión mientras nos tomábamos un café. Y yo, que tampoco lo sabía, porque en el fondo me da igual, he trasteado en Internet: «Es una política española, diputada en el Congreso por Málaga desde 1989, portavoz adjunta al PP y presidenta de la comisión del Pacto de Toledo. Opositó para funcionaria del Estado siendo su destino la Organización Sindical, más conocido como Sindicato Vertical, la organización sindical al servicio del franquismo, en Málaga. Está casada con Pedro Arriola, otro de esos asesores que tiene el PP. Ha sido Ministra de Sanidad, Vicepresidenta del Congreso de los Diputados y Alcaldesa de Málaga», he leído.

O sea, ha reflexionado Montero dando un sorbo a su café solo, que se ha pasado toda la vida viviendo de la sopa boba. Viviendo de lo público y de nosotros. Vamos, que lo de trabajar en serio como que ni lo ha catado. ¿Y esta señora preside el Pacto Toledo?, se ha preguntado. Porque, por si no lo sabes, son los que se ocupan de las pensiones, los que tienen en la calle a los jubilados con sus sueldos de miseria, que ayer en una reunión a puerta cerrada en el Congreso debió de ponerse a gritar como una verdulera, una mujer que es capaz de decir que los jóvenes tendrían que ahorrar dos eurillos al mes, menos que una cerveza, soltó en TVE sin sonrojarse, durante toda su vida laboral para la jubilación. Pues hubieran conseguido 1.200 euros en cincuenta años, menos de lo que cobra ella a la semana. Porque claro, nadie habla de los sueldos de esta gente. ¿La oíste el otro día? Dijo que “hay pensionistas que están más tiempo cobrando la pensión que trabajando”. O que la jornada laboral de los españoles es larga porque se entretienen hablando de fútbol. Con ocurrencias como ésta, la señora es trendic topic y el hazmerreír de los votantes, pero ahí sigue, permitiéndose dar lecciones de economía, de trabajo, y de vida. En fin, y lo dice una tipa a la que pillaron durmiendo en el Congreso, o tirada en su escaño o interrumpiendo a gritos al parlamentario de la oposición. Una señora que presidía el Congreso a golpe de Candy Crush sin que se le cayera el refajo de la vergüenza. En otro país, la política andaluza estaría ya en su casa y nadie la echaría de menos. Cobrando una pasta, eso sí, porque no creo que tenga problemas con su jubilación. Que con 68 años ya le toca, ha subrayado Montero.

Sí, le he dicho, y seguro que se permite decir que si ella puede estar currando a su edad también puede hacerlo un minero. O una enfermera.