Un problema de creencias

Lo que está pasando en España es un problema de creencias. De fe, religioso. El Estado, con Mariano Rajoy a la cabeza, cree que la democracia se basa en la Ley, que la Ley está por encima de todo, pero sólo plantea con la boquita pequeña que las leyes se cambian, pueden cambiarse si se llega a acuerdos. Su partido no es de los que se dediquen al diálogo, lo demostró cuando tuvo mayoría absoluta, es más de imponer su concepto de españolidad, uno es español o no lo es, pero ni se le pasa por la cabeza que alguien piense que no. Hacerlo supone ser radical, antidemócrata, y por supuesto antiespañol, algo que no es tolerable. Si la gente sale a la calle a protestar, se les define como izquierdistas, rupturistas, antisistema o perroflautas; en fin, lindezas de ésas. Y con eso ya han ganado. No tengo muy claro, además, que esto no sea por su parte más que un estratégico juego político que obligue al resto de partidos a posicionarse, y con eso también a los votantes para unas próximas elecciones en las que fagocite a Ciudadanos, arrase con el PSOE y gane terreno frente a la izquierda. A Podemos ya no le teme porque se ha desinflado sin llegar a tocar cacho.

El Gobierno catalán, por su parte, cree que las leyes las deben marcar ellos y que Cataluña es independiente o ha de haber un referéndum para que lo sea. Y si se ha de pasar por encima de los que no lo creen no pasa nada. Puigdemont se ha convertido en un gobernante que sólo gobierna para una parte. Pero no se le puede achacar nada. También otros políticos lo han hecho de igual forma. El President apela a los sentimientos de unos, y me da igual que sea un cuarenta y cinco o un ochenta por ciento. Y juega con ventaja: su partido —destrozado por lo que llaman deriva independentista y por la peste a corrupción que emana (como el PP, por otro lado)— lleva años planteando mentiras sociales como las de “España nos roba” —los casos del 3% y Pujol han demostrado lo contrario—, controlando los medios de comunicación (TV3) y la educación. Con esas armas a su favor es sencillo imponer la sensación de que la independencia les llevará a la cima europea o mundial. Y si cuando uno apela a los sentimientos no es necesario que explique cómo va a poner en marcha sus planes, o cómo va a declarar la independencia ante una Europa o un mundo que no le reconoce. Da igual, todo esto —supone tanto él como ERC— vendrá por añadidura. En el caso de la CUP su objetivo es dinamitar el sistema. Lo demás ya se verá.

Tengo claro que la Ley, así escrita, con mayúsculas, debe prevalecer, pero también que cuando el ruido de la calle es tan evidente, los gobernantes han de intentar buscar los motivos del descontento. La calle da miedo, lo dan las masas encendidas que son incontrolables y pueden provocar incidentes. Y de aquí pasar a la violencia. Además, ninguno de los representantes políticos está favoreciendo la tranquilidad. Tiene razón el lehendakari cuando dice que un conflicto político con amplio arraigo social necesita una respuesta política. Pero me temo que vivimos en un país que sólo acostumbra a reveses detrás de la red. Y negociar es una palabra que no está en el diccionario de muchos representantes políticos. Negociar implica aproximación, pero dos creencias no pueden aproximarse sin más. La fe de que mi Dios es el verdadero choca necesariamente con la del adversario.

Porque sí, todo esto es un tema político. Pero España carece de políticos. Con mayúsculas, claro. Personas que hagan política a largo plazo, no de cara a las próximas elecciones. Personas a las que se les paga para ello, y que parecen más interesados en envolverse en la bandera del patriotismo.

María Teresa Castells o la defensa de la libertad

La librería donostiarra Lagun y María Teresa Castells fueron durante muchos años la muestra de que Euskadi estaba luchando contra la libertad de expresión. Lo había hecho cuando el franquismo era moneda corriente, y tanto ella como su marido —el intelectual y político socialista José Ramón Recalde— se erigían en estandartes antifranquistas. Más tarde, cuando ETA y su entorno radical los pusieron en el centro de sus ataques.

Recalde —que durante años sería Consejero de Educación o Justicia del Gobierno vasco— sufriría un atentado terrorista en Igeldo por defender sus ideas, del que saldría gravemente herido. La librería Lagun, situada en la Parte Vieja donostiarra, en plena Plaza de la Constitución, se vería acosada por ataques permanentes, ya no sólo mediante pintadas del tipo «faxistas kanpora» o rotura de los escaparates, sino también mediante la quema de libros al más puro estilo de las juventudes nazis. Qué paradoja que quienes eran acusados de fascistas fuesen precisamente los presionados por la intolerancia de la kale borroka y de la izquierda radical vasca. En 2001, tras el atentado a Recalde, Lagun cerró sus puertas y tardaría en volver a abrirlas pese al apoyo de miles de donostiarras. El peso de la intolerancia, que volvería a llenar la plaza de pintadas amenazantes, pudo más que la defensa de la libertad y el respeto de la diversidad.

María Teresa Castells falleció este domingo 10 de septiembre a los 82 años de edad, pocos meses antes de que la librería Lagun, que ella fundó junto a Recalde e Ignacio Latierro, cumpla cincuenta años de resistencia. La librería volvió a abrir sus puertas, esta vez en la calle Urdaneta, en un entorno más tranquilo de San Sebastián, y con una foto de la fundadora presidiendo su escaparate.

Qué pereza da España (y Cataluña y Euskadi)

Hace ya casi diez años el ex presidente del Gobierno Felipe González decía que era muy difícil ser vasco o español, porque uno parecía obligado a preguntarse y contestar a todas horas si lo era. Y uno, aún joven, miraba al exterior y se preguntaba cómo sería en el resto de países. Y de pronto recordaba que en Estados Unidos, cualquiera de sus ciudadanos se definían como americanos, en mayor o menor medida, coloreaban sus casas con la bandera y se se sentían orgullosos de ello. En nuestro país, en cambio, todo eran posiciones enfrentadas, o eras de derechas o de izquierdas, demócrata o populista, soberanista o constitucionalista, vasco/catalán o español, de los míos o de los otros.

Hace unos años, no tantos como podríamos pensar, en Euskadi daba pereza escuchar las noticias: a todas horas se oía el racarraca sobre la independencia, la autodeterminación, el derecho a decidir y definiciones parecidas que enmascaraban lo mismo; si a eso le añadíamos la violencia física o verbal y un terrorismo que estaba ya de capa caída, asegurar en público que uno era vasco, español o ambas cosas era cuando menos aburrido. Tenía que andar dando explicaciones, no sólo en casa sino también al escapar de su espacio de confort. Y salir a la calle o ir de fiestas populares —en especial en algunos pueblos cercanos o en barrios de mi ciudad—, era toparse con paredes y pancartas recubiertas de proclamas que no sólo ofendían por su mal gusto. De socializar el sufrimiento se pasó a socializar las ideas políticas y a mantenerse en un permanente estado de enfrentamiento ideológico. En seguida se sabía de qué pie cojeaba el otro dependiendo de si hablaba de Euskadi, País Vasco o Euskal Herria. O si recurría a molestos circunloquios para no expresar que un crimen era sencillamente eso.

Desde hace unos meses, del problema vasco se ha pasado al catalán, del nacionalismo al secesionismo, de la ikurriña a la estelada. Y de nuevo las posturas están tan enfrentadas y son tan maniqueas que sorprende que no acaben en una batalla campal. Desconozco en qué situación se encontrarán los catalanes, si el sentimiento es tan fuerte que impide cualquier reacción, si no habrá otro problema que atenace sus vidas —pobreza, paro, desahucios, turismofobia, enamoramientos repentinos, muertes de amigos y familiares, sueldos ridículos— si la mayoría es esa que sale a la calle o la que se queda en casa porque se la suda todo. O porque, como decía el otro día un político independentista, ha preferido irse a la playa o quedarse en la cama que defender sus ideas. Desconozco si será esto o sólo la reacción de medios de comunicación y políticos para enmascarar otro tipo de realidad. Pero sí sé que me dio vergüenza el teatrillo que se montaron en el Parlament —para que luego digan que no son españoles, si fue un caso claro de esperpento hispano—, o escuchar a la presidente Forcadell, que parecía un juez del antiguo Oeste, los míos aquí, el resto a la horca, o los gritos, los desplantes —genial ese momento en el que la portavoz de Ciudadanos, Inés Arrimadas, se dirigía a Forcadell con gestos de ruego y ésta abandonaba el hemiciclo dejándola con la palabra en la boca, lo que demuestra el talante— y la votación final con la mitad de los escaños vacíos mientras los ganadores entonaban Els Segadors.

Da pereza es vivir en un país como España, en el que lo temas políticos son recurrentes, donde los medios de comunicación insisten en repetir día tras días los mismos temas en boca de idénticos tertulianos. Pereza es darse cuenta de que en Madrid no entienden nada de lo que pasa fuera de la capital, y de que el Gobierno se escuda en la democracia y en una Constitución —que al parecer es inmodificable salvo que Europa lo requiera— como otros lo hacen en patria, libertad y, por supuesto, democracia. Hay palabras tan intangibles que tienen distintos significados dependiendo de quién las suelte por la boca.

España es un coñazo. Lo es por el fútbol, y por ese empeño televisivo de que todos seamos o del Madrid o del Barça. Por Mariano Rajoy y su constante inacción, por los catalanes de la CUP o de Puigdemont y como se llame su partido, o de ese tipo que hace honor a su apellido (Rufián) o ese otro que ha salido ahora, un tal Jordi Turull, que exhorta a los catalanes a que impriman en sus casas su propias papeletas y que divide a los catalanes en los unos o los otros. Al paso que vamos se votará por mail o a través de alguna aplicación de móvil. La modernidad permite estos avances: otra cosa es que haya seguridad jurídica. Lo es por no ser capaces nunca de mantener un diálogo en el que las posturas se acerquen en vez de insistir en posturas contrarias e irreconciliables. Es gracioso que llevemos años mencionando la palabra diálogo en un país en el que nadie escucha al de enfrente.

Estamos en una democracia de cartón piedra, en la que preferimos gritar sentimientos políticos y olvidar cuestiones tan importantes —alojadas en las columnas pares de los periódicos— como el rescate bancario del que no va devolverse el dinero por mucho que el Gobierno dijera que no nos costaría un duro. Sólo esta noticia debería empujarnos a salir a la calle con banderas para protestar por las mentiras que nos siguen contando. Y en Cataluña igual: no he visto a nadie manifestarse en masa contra el famoso 3% que hizo ricos al honorable, a sus hijos y a la madre que los parió. Quizás es que lo identitario puede más que lo económico. O que en el fondo cualquiera de nosotros sabe que muchos políticos están cuatro u ocho años en el poder para enriquecerse y forzar la apariencia de que se les necesita. Tampoco he visto que se tomen las calles ante la evidencia de que un año más miles de alumnos de Aragón, Andalucía, Cataluña o la Comunidad Valenciana han comenzado el curso en barracones; o que tenemos uno de los peores sistemas educativos de Europa, o que hay 19 libros de matemáticas distintos dependiendo de cada comunidad del país; por no hablar de esa Sanidad hecha unos zorros, o una justicia politizada a la que prefieren no modernizar, o…

Qué pereza de país, qué pereza de políticos visitadores de estudios de radio, platós de televisión o encuentros con ciudadanos en mítines pagados con nuestro dinero. Qué pereza sentir, como dicen las encuestas, que son ellos precisamente —y su incapacidad manifiesta— uno de los problemas que más nos preocupan en nuestro país. Y que cada uno lo llame como quiera.

Una propuesta para dejarlo todo

El anciano le dijo que no era complicado: sólo tenía que desprenderse de los objetos que le anclaban a la vida. En primer lugar, aquellos más triviales: los libros, los cedés de música, las películas de dvd que le hacían soñar; también los cuadros y fotos de las paredes que le devolvían al pasado, los muebles de la casa que compraron juntos y finalmente la bici con la que practicaba deporte para sentirse joven. Por último, el trabajo, el coche, la hipoteca del piso… Y cuando abandones estas cosas, tira la ropa que te identifica, ese otro distintivo de clase. Y en tu desnudez preséntate ante mí, verás tu fragilidad, la inutilidad de aquello a lo que nos atamos. Así se lo dijo y él obedeció: quería sentirse libre. Hasta que, desvalido, comprendió que los recuerdos permanecían en él y no sabía cómo desligarse de ellos.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Entrevista a Sergio Arrieta

La trayectoria del escritor Sergio Arrieta (Marsella, 1961) venía marcada por la publicación de varios poemarios (“Ces jour que je t’abandonne”, “Brasero phréatique”, “Al borde del tiempo azul” y “La luz negra de tu ausencia”) y un libro de relatos (“No te llamaré soledad”). Sin embargo, la figura del conde de Lautréamont siempre le estuvo rondando. “Quería escribir una novela sobre el autor de Los cantos de Maldoror. Ningún poeta llegó ni llegará a las inmediaciones de los parajes atormentados, tétricos, surrealistas, llenos de poesía fulgurante y lúgubre que Lautréamont creó en sus Cantos.”

Memorias de un editor

Todos los proyectos tienen un comienzo y unas memorias. Libros de pizarra se fraguó en febrero de 2011 en Balmaseda, en la casa de Joël López Astorkiza, en una comida a la que fuimos invitados Elena Sierra, Javier Maura, Beatriz Celaya, Carmen Pardo y yo. Andaba ya con el runrún de volver a lanzarme a la edición después de que la editorial Elea —el primer proyecto de estas características que levanté junto a Iñaki Mendiazabal— acabase en nada; pero claro, dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Jöel tenía en casa un gramófono antiguo en el que nos ponía discos de pizarra, por lo que el nombre vino rodado; incluso el logotipo surgió de ese encuentro: una ele y una pe de la que sobresalía un círculo en forma de disco. Y desde el primer momento conté con el apoyo de todos, que me ayudaron, entre otras cosas, en tareas de corrección o de selección de posibles autores.

Lo siguiente fue hablar con Luisa Etxenike, que estaba dando los últimos retoques a su última novela, El detective de sonidos. Consideré que Etxenike era la autora adecuada para servir de apertura editorial. El acuerdo verbal se fraguó en San Sebastián, lo que supuso tener ya claro que el proyecto se ponía en marcha. Posteriormente hablé con Willy Uribe para la reedición de los relatos que había autopublicado años antes con el título de Ciudad Bilboa; como tercer libro publicaría mi colección de relatos y micros El sueño de los hipopótamos, en los que estaba trabajando junto a la ilustradora Olga Zulueta. En ese proceso, Uribe prefirió abandonar el proyecto, y apostar por Los libros del lince y por su editor Enrique Murillo.

Abriríamos entonces con dos títulos y una premisa: la editorial debía apostar no sólo por la calidad de los contenidos, sino también por un formato que la identificase. Y en papel, en un momento en que se hablaba mucho del libro digital y esas cosas. Contamos para ello con la inestimable ayuda de Leyre Delgado, que sugería un libro con aspecto de Moleskine, envuelto en un chaleco en color y papel de alto gramaje, que hacía que los libros pesasen un poco más pero que le daban una imagen muy reconocible.

Para su novela Luisa Etxenike me propuso hablar con un grafitero francés, Nemo, porque había visto uno de sus trabajos en París que se identificaba perfectamente con el argumento de su novela. Incluso nos planteamos la posibilidad de traerlo a Bilbao en el entorno del Instituto Francés. Así fue. Nemo acabaría dibujando uno de sus grafitis en la entrada del Instituto y otro en el naciente Pabellón 6 —mural que ha sido maltratado tras la colocación sobre él de un cartel indicador del centro de artes escénicas de Zorrozaurre, pero que aún se puede intuir—.

La presentación del libro de Etxenike discurrió por los cauces previstos: Myriam Miranda, que trabajaba como jefa de prensa para Alberdania, nos ayudó en cuestiones informativas, especialmente en Donosti, y a organizar un macroevento con cóctel incluido que contó con el apoyo de María Eugenia Salaverri. Una noche en la que conocimos a Diego Vasallo, que por allí andaba. Lo dicho: la memoria trae esta clase de recuerdos.

En el caso de El sueño de los hipopótamos, volví a contar  para la portada con Alain Urrutia —que me había ilustrado la cubierta de Las hermanas Alba para Bassarai—, y aunque se imprimió en noviembre, retrasé la presentación a febrero del año siguiente, en la sede de BilbaoCentro, que amablemente me ofrecieron Olga Zulueta y Jorge Aio. Un encuentro multitudinario pero de infausto recuerdo, porque acabamos llamando a una ambulancia y creo que también a la Ertzaintza tras un incidente del que nunca tuve todos los datos con un borracho que acabo herido.

A partir de ese segundo título, el correo de Libros de pizarra —contábamos con una web magnífica diseñada por Mikel Apodaka— comenzó a llenarse de propuestas editoriales y manuscritos, a los que no siempre supimos contestar como es debido. Una cosa tenía clara: no podía dejarme atontar por el ritmo de las novedades; teníamos que ser conscientes de que se trataba de un proyecto pequeño, una mota dentro de la vorágine editorial, dos libros al año a lo sumo, al que le costaría tener repercusión mediática —estamos hablando de cultura y libros—, aparecer en los suplementos culturales y menos aún en los escaparates de las librerías. Había que recurrir, por tanto, a otros medios de promoción: redes sociales, encuentro de autores, etc.

Un inciso: en Bilbao contamos siempre con el apoyo de dos librerías, Tintas y Cámara, que nos dedicaron bonitos escaparates en cada una de las presentaciones que preparamos con ellos. Queríamos que nuestros libros fuesen eso que llaman longseller —qué inocencia—, que tuvieran una vida más allá del primer mes. Para eso contábamos con la mejor distribuidora de libros independientes del país, nada menos que UDL, que trabajó con profesionalidad e hizo lo que suele hacer en estos casos: llevar a Canarias o Huelva libros que sólo estaban pensados para Bilbao y alrededores —como con El espíritu de la alhóndiga, una recopilación de relatos de los alumnos de los talleres literarios que organizaba Alhóndiga Bilbao y que desapareció pronto de las librerías bilbaínas porque estaba viajando a las Baleares o a Galicia, lugares donde, como es obvio, no tuvo repercusión alguna— o posicionar sólo un porcentaje mínimo de los títulos que se les enviaba. El resto permanecía embalado en cajas que no se abrirían nunca. Cosas de los distribuidores que algún día se deberá analizar con ojo clínico —y crítico—.

La distribución nos permitió descubrir una esas paradojas que tiene la relación entre la distribuidora y las librerías: presentar un libro que no ha llegado a destino, encontrarlo aún guardado en cajas pese a tener la presentación esa misma tarde, pagar un 55% del valor del libro, devoluciones a mansalva a la semana de haberlo presentado, facturas por exceso de almacenaje que nos hacía pensar que resultaba mejor tenerlo en stock que moverlo por las librerías, asistir a la Feria del Libro de Madrid y que no hubiera ni un solo ejemplar de tu sello en el stand de la distribuidora, o que te preguntaran qué podían hacer con el medio centenar de libros devueltos porque estaban estropeados, gastados, usados, viejos, cuando la imprenta los había entregado inmaculados, perfectos, vírgenes de lectores. Libros que se descontaban de la factura final y que, por supuesto, corrían a cargo del editor.

En fin, menudencias…

Tras los dos primeros títulos llegué a un acuerdo con AlhóndigaBilbao para publicar el libro de relatos del que ya he hablado —un libro diseñado por Elena Perea con esa mirada de quien prima el diseño sobre el contenido, que no gustó a muchos de los alumnos porque parecía que estaba sin acabar, que era un poco el concepto que se perseguía con él— a partir de cuentos que seleccionamos entre Pedro Ugarte y yo, profesores ambos del Taller de Literatura Viva que se organizaba en el actual Azkuna Zentroa. Mi idea era apostar por el relato, como hacían otras editoriales a las que mirábamos con envidia —Páginas de espuma, Salto de Página, Menoscuarto—, de ahí que el siguiese título fuese una recopilación de cuentos de Óscar Alonso Álvarez, Los futuros imperfectos. Siempre he sentido predilección por la ironía narrativa de Alonso, como lo demuestra el hecho de que ha sido al único autor al que he publicado dos libros en las dos editoriales en las que me he involucrado —el primero de ellos, El coleccionista de cabezas reducidas—. Los futuros imperfectos contaba con una magnífica portada del actor Juan Viadas y con una novedad: editamos dos portadas diferentes aunque parecidas, que lo convertían en un título doblemente especial.

Y teníamos en marcha ya otros libros. Beatriz Celaya me había propuesto la posibilidad de editar el primer libro de Manuel Sánchez de Nogués, Mucho por recorrer, un viaje novelado alrededor del mundo en el que se trataban temas como la homosexualidad o las diferencias interculturales; Luisa Etxenike me había hablado de una novela de la escritora francesa Brigitte Paulino-Neto, En cuanto te mueras, llámame, que podíamos traducir si contábamos con la ayuda del Instituto Francés; y de igual manera, Antonio Maura me había comentado que el escritor Rodrigo Lacerda no había sido aún traducido en España y que su novela Otra vida acaparaba reconocimientos de crítica y público. Nos lanzamos a la piscina para traducir ambas novelas, y digo lanzamos porque para entonces Esti Bartolomé se había unido a Libros de pizarra, encargándose, entre otras muchas cosas, de las correcciones de texto o de que las portadas de muchos de los libros fuesen atractivas y sugerentes. Se convirtió en el alma de la editorial y en la presencia necesaria para que el proyecto avanzase.

Teníamos otros dos libros en cartera, que acabaron publicándose antes —Los libros prestados, de Xabier López López, un volumen de relatos editado en gallego y traducido al castellano, después de que el propio autor se pusiera en contacto conmigo; y Spam, de Francisco Castro, también originariamente en gallego, cuyo autor me había recomendado el propio López—. La editorial crecía y parecía madurar.

Presentaciones a lo largo y ancho del país, viajes entrañables con autores, largas conversaciones sobre literatura y vida, discusiones sobre la necesidad de apostar o no por un título, de contar con un traductor u otro, cuestiones tipográficas, de estilo… Pero sobre todo contacto humano. Como aquel encuentro en La Coruña en que acabamos hablando en castellano, gallego y portugués. La alegría que transmitía Rodrigo Lacerda, a pesar de que en el periplo que nos llevó por cinco ciudades españolas apenas contamos con público lector o periodístico. O el viaje a Burdeos para presentar la novela de Luisa Etxenike en plena Escale du Livre, que nos mostró que hay ferias que saben hacer bien las cosas. Y otras curiosidades editoriales que he ido olvidando.

¿Ventas? Pocas. En algunos casos ridículas, teniendo en cuenta el esfuerzo. Quedan los libros para quien quiera volver a ellos, o el reconocimiento de que la novela de Luisa Etxenike fuese traducida al francés por la editorial Naïve. Era como ver que desde fuera creían en lo que hacíamos. Pero como decía al principio, todo proyecto tiene un comienzo. También un final. Y el de Libros de pizarra ha tenido lugar esta semana. Un adiós que no sé si será un hasta luego, porque el gusanillo de editor sigue dentro. Y si caí una segunda vez, quién sabe si no habrá una tercera…

 

 

¿Alguien sabía dónde estaba Dunkerque?

De repente el cine nos ha devuelto a un tiempo y a una batalla. Se trata de Dunkerque, la operación de rescate que en plena Segunda Guerra Mundial permitió que miles de soldados británicos fueran evacuados de las costas de Francia. Un hecho que encumbró a Churchill como gran estadista y que permitió que los ingleses vendieran la derrota como una victoria. Dos películas magnifican dicha batalla: Durkerque, de Christopher Nolan, y Su mejor historia, de la directora danesa Lone Scherfig.

Tras la trilogía del Caballero Oscuro e Interstellar, Nolan se adentra en la descripción de un hecho histórico que curiosamente, y pese a tratarse de un film bélico, tiene menos de espectacularidad que de retrato humano. Porque aunque transcurra en plena guerra, Dunkerque es una película íntima, cuya narrativa se acerca más a Memento —aquel film sobre un detective incapaz de recordar algo si dejaba de prestarle atención, que buscaba al asesino de su esposa a partir de fotos que sacaba de los momentos trascendentes y tantuándose el cuerpo, y que estaba contada del final al principio, a base de analepsis y prolepsis— que a una con un orden cronológico tradicional.

En Dunkerque los acontecimientos transcurren a lo largo de una hora, un día y una semana, y se cuentan desde diferentes perspectivas que convergen y permiten al espectador construir el puzle de este rescate en el que participaron cientos de pequeñas embarcaciones —o como ordenó Churchill, «todo lo que flotase»—, que recorrieron las cuarenta millas que separan las dos costas del Canal de la Mancha. Apenas hay sangre, los diálogos son escasos —la banda sonora de Hans Zimmer se encarga de subrayar las emociones—, pero la tensión permanece desde el comienzo. Una cinta que es además la más corta de la filmografía de Nolan, acostumbrado a sobrepasar de largo las dos horas. Dunkerque transmite veracidad, miedo, indefensión, y quizás sólo podríamos reprochar que su director haya soslayado el contexto, explicar por qué hubo que evacuar a los casi cuatrocientos mil soldados aliados, o qué pasó con los franceses, encargados de contener a los nazis.

Pero como apuntaba, otro largometraje refleja los acontecimientos de la llamada Operación Dinamo, que convendría ver justo después de la anterior. Su mejor historia muestra la importancia de la imagen y en concreto del cine como elemento de propaganda. Ante la situación de guerra con Alemania, y después de la derrota de Dunkerque, el Ministerio británico de Información ordena producir una película que glorifique la evacuación y la supuesta hazaña de dos hermanas que se lanzaron en un barco a salvar a sus compratiotas. La producción servirá para exaltar el heroísmo de la gente corriente, para levantar la moral de una población y unas tropas que se sienten derrotados. La labor de la guionista —la actriz Gemma Arterton—, una mujer en un mundo de hombres no sólo consistirá en lograr que el argumento cale en el público sino que se lleve a cabo reflejando el lado femenino. Su mejor historia narra las dificultades de la construcción del guión, de un rodaje en plena guerra, y lo hace centrándose en los personajes e intercalando lo dramático con lo cómico —genial Bill Nighy en el uso de ambos registros—, en lo que puede parecer un film ligero pero que conserva el pulso de las historias contadas para permanecer en el recuerdo.

Artículo aparecido en el número 179 de julio-agosto de la revista Luke.

¿Y el precio de la gasolina? Bien, gracias

Como esta semana he tenido coche me he permitido hacer un estudio empírico: la gasolina, o en este caso el gasóleo, ha subido 0,030 céntimos en menos de cinco días. Y así visto puede parecer ridículo, pero teniendo en cuenta que mi depósito tenía unos cuarenta litros, eso le suponía a mi bolsillo un incremento de 1,20 euros. ¿Y cuáles han sido los motivos? ¿El incremento del barril de crudo? ¿Los atentados en Cataluña y el despiste que ha provocado en el resto de noticias? ¿La última aparición pública de Trump o Maduro? ¿O tendrá algo que ver con el hecho de que se esperan cuatro millones y medio de desplazamientos en los próximos días? Y eso, se mire como se mire es mucho dinero.

Qué hemos hecho nosotros para manifestar el enfado y detener la sangría. ¿Hemos aparcado el coche? ¿Hemos salido a la calle a protestar? ¿Nos hemos quemado a lo bonzo en una estación de servicio? Pues no: nos hemos callado como cuando Iberdrola sube el precio de la luz porque se le pone. A lo más lo hemos comentado en el bar y hemos alzado los brazos en plan protesta para evidenciar que las petroleras, las eléctricas y cualquier compañía telefónica, por ejemplo, nos hacen un corte de mangas si tienen la oportunidad.

¿Y el Gobierno? Bien, gracias. Preocupado por el desafío independentista —esas dos palabras de moda hoy en día—, Venezuela, el populismo…, en fin, esas cosas. Porque lo importante es la macroeconomía, que el país arranque, que los números digan que estamos mejor que hace diez años. La economía del usuario de a pie, la micro, el Gobierno no la maneja —ni siquiera esos parlamentarios que cobran dietas en agosto sin ir a curar—. Y tampoco van a andar preguntando los motivos de la subida, no vaya a ser que cuando un ministro abandone la política se quede sin un puesto en un consejo de administración. Porque eso sí es preocuparse por la economía. La suya, por supuesto.

Adiós a Carlos Bacigalupe

Conocí a Carlos Bacigalupe antes de que me lo llegasen a presentar. Su padre, Alberto, era compañero de mi abuelo en el Club de Leones y me hablaba con orgullo de sus dos hijos, Alberto y Carlos, que habían estudiado periodismo como él —yo quería estudiarlo— y a los que escuchaba en la radio. Mi abuelo no tenía muy claro que yo debiese dedicarme al periodismo en vez de al derecho, que le parecía una carrera más acertada para un nieto con buenas notas, pero no fue capaz de quitármelo de la cabeza. De ahí que hablase con Alberto padre para que me diera algunas recomendaciones. No recuerdo si llegó a dármelas, pero sí que me presentó a sus hijos.

Lo curioso no fue lo que saqué de aquel encuentro, sino que apenas tendría contacto con sus hijos, en concreto con Carlos hasta años después. Coincidí en el periódico Bilbao, gracias a Elena Puccini, que volvió a presentarnos. Para entonces yo ya seguía su trayectoria, no sólo en la radio, sino en los artículos que escribía para El Mundo, en la edición del País Vasco —en la que curiosamente acabaría haciendo yo mis primeros pinitos como plumillas tras salir de la facultad de Leioa— y para el propio Bilbao. Supe así de su pasión por el teatro —fue uno de los artífices de los Premios Ercilla—, y de esa bilbainía clásica, muy presente en un libro que considero fundamental: Cafés parlantes de Bilbao. Además, fue el ideólogo de la colección “Bilbainos recuperados” (del que publicó su primer título, Viejo caballo de hierro, sobre el tren de La Robla), que editó durante años Muelle de Uribitarte con la ayuda de la Fundación Bilbao 700, y que se ha convertido en una referencia para quienes quieran conocer a los prohombres de la Villa, incluso a aquellos que no son tan reconocidos.

La rumorología de una pequeña ciudad como Bilbao hizo que me enterase hace poco que estaba enfermo. Ayer la propia Elena Puccini fue la encargada de anunciarme la noticia de su fallecimiento. Tenía 71 años de edad. Y ha sido cuando además de todo lo que yo sabía me he enterado de que era miembro supernumerario de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País y de que recibió múltiples premios y reconocimientos —de los que nunca hizo alarde—: el Farolillo de Papel a la mejor tarea de divulgación del libro en 1998, la Pluma de Oro al mejor libro sobre valores turísticos (por su libro Cafés parlantes de Bilbao), y el Premio Alfiler de la bufanda de Vale Inclán, en reconocimiento a su labor teatral en 2001.

En la foto aparece junto al escritor José Ramón Blanco, uno de los artífices de la editorial Muelle de Uribitarte.

Entrevista a Harkaitz Cano

El turismo, y por extensión las vacaciones, son el tema central del nuevo libro de Harkaitz Cano, un puñado de relatos que vio la luz hace dos años (“Beti oporretan”) y que se publica ahora en castellano bajo el título de “El turista perpetuo”. Traducido por el propio autor, “antes tendía a alejarme más del original, pero con el tiempo creo que me he convertido en un traductor más fiel. Tiene que ver quizás con cuestiones técnicas, pero también con el hecho de aceptarse a uno mismo y a reconocer tu propia voz en el espejo de la traducción. El título es una versión bastante libre”.