Acerca del Autor

Alex Oviedo

(Bilbao, 1968). Periodista y escritor, trabajo como responsable de prensa del Colegio Notarial del País Vasco y organizador de eventos culturales. Colaboro cada mes en el periódico municipal Bilbao dentro del suplemento cultural “Pérgola”.

Mi primera obra, Hektorren agenda, se publicó en euskera en el año 2000 después de quedar finalista del premio Ciudad de Barbastro. He participado en las recopilaciones de cuentos 2.050 km. de palabras. Antología de relatos vasco-canaria (2008), Mar de pirañas (2012), En el país encantado y otras historias de amor (2013) y Cuentos alrededor de Bilbao/Bilbo inguruko ipuinak (2014).

He publicado las novelas El unicornio azul (2005), Las hermanas Alba (2009), La agenda de Héctor (2014), Cuerpos de mujer bajo la lluvia (2016) y el libro de relatos El sueño de los hipopótamos (2011).

Cuaderno de Bitácora

El desconocimiento como respuesta

Cuando acudes como visitante a algún juicio sorprende que la mayoría de los acusados respondan con amnesia. ¿Entró usted a robar en el piso de la señora? No recuerdo. ¿Persiguió con un arma blanca por las calles a un tipo hasta clavarle el cuchillo? No lo sé. ¿Golpeó a la mujer de sus hijos? No lo recuerdo. Respuestas que se entienden en ese derecho de los acusados a mentir o a decir lo que les venga en gana en favor de su defensa, pero que demuestran muy poca inventiva. Ya vendrá el fiscal con las pruebas y las rebajas...

Perdón por la masacre

Dentro de unos minutos se cumplirán treinta años de la mayor masacre cometida por ETA. Cifras que hoy nos parecen lejanas pero sobre todo sorprendentes: 1987, el año del atentado; 16:08, la hora de la explosión; 200, los kilos de amonal, gasolina, jabón y pegamento que conformaban una bomba hecha para causar el mayor daño posible; 3.000, los grados de temperatura de la explosión; 45, las personas heridas y, sobre todo, los 21 muertos, 4 de ellos niños.

La escritura como autoconocimiento

Cuando miro hacia atrás siempre me veo escribiendo, en mi cuarto, en la biblioteca, en un bar que convertí en mi sede y al que acudía prácticamente a diario. Me colocaba los auriculares y dejaba que la música me apartase del entorno, me aislase en un mundo literario tan personal como todo lo que escribía. Con el tiempo supe que a mucho de lo que yo hacía se le llamaba autoficción, yo ficcionado o etiquetas parecidas.

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